El muro

heartWall'17_detail (thephotoside)

heartWall’17_detail (thephotoside)

Recuerdo cuando viajabas a tus anchas dentro de mí haciendo lo que te venía en gana, revolviendo todo mi ser, con una sonriente y absoluta indiferencia, hasta llegar al lugar donde se esconde la frustración del que termina por volverse loco, al no encontrarle sentido a las caídas al vacío.

Me angustia recuperar las noches que se convertían en madrugadas. Mi cerebro entraba en bucle buscando una solución a problemas inventados, laberintos fantasmas cuyos operarios olvidaron construir la salida, y, tras una luna más en vela, con las ojeras enfermizas de quién aprende a moverse en el espacio que dejan la punta de la espada y el frío de la pared, te veía risueña, al día siguiente, bien descansada, como si no hubieras destrozado todo mi mundo, una vez más.

Lo que no sabía, ojalá hubiera sido así, es que cuanto más gratuito era el daño, a la sombra de la indiferencia con la que reciclabas mis quejas, pequeños ejércitos de supervivencia trabajaban a destajo, obsesionados por la altura de los muros de unas defensas que, el día que dije basta, ya no pudiste franquear.

Y qué bien descansé aquella noche, al otro lado de la muralla.


Anuncios

Secretos, valentías y felicidades

secreto_felicidad_valentiaDecía el narrador que ‘es peligroso (…) cruzar tu puerta. Pones el pie en el camino y, si no cuidas tus pasos, nunca sabes a dónde te pueden llevar’ (El Hobbit, J. R. R. Tolkien). Así que, supongamos que ponerse a andar, so pena de caminar por lugares desconocidos, es, en cualquier situación, hacia cualquier destino, el acto de valentía que guarda la posibilidad de alejarte de tu zona de confort, de los lugares en donde te sientes seguro, lo que siempre supone una aventura en cuyo desenlace y a diferencia de lo que podemos pensar al principio, no pesa tanto el azar.

No es nada nuevo que no se haya dicho antes que, sintiendo el respaldo multitudinario de familiares y amigos, compañeros y compañera, todo violento salto sin red resulta más sencillo. Es el aliento que llega a tiempo cuando más lo necesitas, las palabras que nunca están de más. Provienen de lugares sospechados y, en ocasiones, menos esperados. Este será, cumpliendo con el guión al que obliga el título, mi secreto con la familia que, sin dudarlo, me abrió las puertas de su casa, el pariente que, sin querer ser ejemplo, acudió a la llamada, el amigo que, esta vez, quiso estar y cumplió lo prometido, las miradas de comprensión y palmadas de ánimo y los permisos que convirtieron en algodón las jornadas laborales, la mujer que ató el cabo a la salida del pozo, ¡allá penas!, las brutas y necesarias fuerzas que se dispusieron a echar varias manos, las inteligencias que subsanaron los huecos que mi charla tanto necesitaba y, por supuesto, el pilar central de los que siempre estuvieron al que se sumó, de golpe, destino o casualidad, la maravillosa sorpresa que llegó para alinearse, junto a ellos, en el mismo centro de la batalla mientras dedicaba las noches a reconstruir entre el escombro.

Así que, treinta y todos años después, con tanto secreto descubierto en el clímax de la aventura en la que me encuentro, solo puedo felicitarme por el acompañamiento que camina a mi lado, dar las gracias, infinitas gracias, y seguir, con paso firme, hacia el lugar donde termina el acto de valentía que me costó tan poco trabajo acometer, arropado por tantos y tan distinguidos alientos a mi alrededor. Único equipaje necesario e imprescindible para las mochilas de los que, inseguros del final, dan el primer paso, levantándose de un sillón demasiado sobado, poniendo el pie de nuevo en el camino. Directo hacia la próxima batalla, el precio que siempre significó estar vivo.


Naranjas

orange'17

orange’17

Se levantó, como siempre, abrazado al hueco que ella dejaba, todas las mañanas, treinta minutos antes, en el colchón.

Seleccionaba la ropa para aquel martes, cuando reparó en el pijama lila con detalles rosa chicle que aún guardaba el calor de su cuerpo, cuidadosamente doblado sobre el sinfonier.

A medida que recorría el pasillo, de camino al cuarto de baño, la fragancia de mujer que le nublaba el olfato cuando se acurrucaba en su cuello, en pleno abrazo de recibimiento, cada vez que llegaba a casa, se iba haciendo más y más presente. Tras el aseo, mientras hacía la cama, un fino pelo de melena rubia hacía de marca y distinción entre las almohadas.

Así discurrían todas las mañanas. En esto consistía su rutina temprana. Una especie de festival en el que la ausencia dejaba innumerables señales por doquier.

Como el niño que se acostumbra al gesto contrariado tras la obligación de guardar los caramelos hasta la noche, se encaminó hacia la cocina para desayunar, consciente de que, la tan común falta de tiempo les había impedido hacer la compra durante la tarde anterior. Vencidos por la crueldad de las matemáticas, habían descubierto, justo antes de acostarse, que les faltaba una fruta para cumplir con la fórmula de dos piezas por zumo.

Él ya sabía de las personas que nunca aprendieron la magia de enfrentarse a las pequeñas desidias del día a día y se dejan vencer por su tono grisáceo, incapaces de compensar con todos los colores que ofrecen las miles de posibilidades que guardan los pequeños detalles. Sin embargo, su caso era distinto pues le enorgullecía, entre otras cosas, la maestría en el arte de las tonalidades con la que su compañera le asediaba y no pudo más que llenar su cara de felicidad cuando se encontró, perfectamente cortada por la mitad, colocada justo encima del exprimidor, con su media naranja.


La forja

saDbox'17 (thephotoside)

saDbox’17 (thephotoside)

¿Los hubo? Por supuesto que sí. Momentos de felicidad, quiero decir. Fue demasiado tiempo como para que no encontraran algún hueco. Ya se sabe que la vida se abre camino y, para mí, esto va de luchar en el bando de la alegría. Como todos los damnificados que vencieron y salieron vivos, de la mano de los más cercanos, al terminar la gran batalla que a todos nos visita, por lo menos, una vez en toda nuestra existencia impregnándose, tras semejante experiencia, de una agradable facilidad para disfrutar de los buenos momentos, relativizando todo aquello que te pinta canas y arrugas y caras raras.

Claro que los hubo. El más importante incluso. Hubo paseos por playas lejanas, ascensos a dunas ardientes, cenas con velas europeas, estancias lujosas, mochilas a la espalda y latas de sardinas, besos con las ganas que no duraron lo necesario, imprescindibles detalles que perdieron su importancia. Una ventaja enorme para el inadvertido trabajo de la desidia de los teléfonos. La misma que consiguió acabar con nosotros.

Claro que los hubo. Sobretodo existe aquello en lo que creemos y yo, durante todo aquel tiempo, en contra de todo mi consejo, el real, creí en ti. Desde que te fuiste, todavía no sé a dónde, nunca dudé de que volverías. Más temprano que tarde. Y así pasaron muchos años, buscándote entre la multitud que te ocultaba. Un poco más lejos de mí a medida que crecía la espera. Y, como el que espera desespera, perdí los papeles el día que apareciste de visita. Tu pretensión no era quedarte, solo asomarte a ver qué tal. Pero te gustó menos lo que viste que lo que te había hecho partir. Virus que, hoy por hoy, sigo desconociendo. Así que te fuiste para siempre no sin tener el detalle de esconder un frasco de tu mejor perfume abierto, para bañar todas las estancias de ausencia y trastocar mi salud mental, dejándola en ese periodo entre guerras que delimita el hueco de tu lado del colchón con la fragancia que espolea la frustración de los espejismos en el desierto.

Los hubo, pero ahora entiendo que los inventé yo, que no fueron reales. Descubrí que mis fantasías, las mismas que llegaste a odiar, decoraron las migas con las que me alimentaba de tu amor famélico. Habiéndose rendido mi esperanza, apartando de mis ojos las gasas con las que, tras mirar toda tu verdad, me tape las heridas, reconocí la inmensidad del mundo. Volví a estremecerme por la infinidad de posibilidades ante las que se me cae la baba. Por numero, rango y ganas  desatendidas, acumuladas.

Así que, con miles de fuerzas renovadas, eché a correr hacia mi vida, que me sonreía cansada de esperar a que pagara el caro rescate que yo mismo impuse, no recuerdo desde hace cuántas noches en vela. Y, tras asumir lo imposible, hablé con la calma del ganador, que siempre gestiona mejor los tiempos y las formas, e hicimos el trato con el que sellamos el final de una historia cuyo contenido y contrato, en cuya firma estuviste ausente, pasaba por desearles lo mejor a tus años venideros en los que envejecerás lejos de quien no supo salvarte. El mismo que te estará eternamente agradecido pues, si conseguí ser feliz contigo, de qué no seré capaz con la persona adecuada.


Misión cumplida, que pase el siguiente

bros'14 (Dirty mode)

bros’14 (Dirty mode)

Déjame que te cubra, ser escudo y la factura que pasar a los peligros que te acechan, si se atreven, de verdad, a siquiera rozar tu espacio vital.

Préstame tu suerte para invertirla a riesgo cero y ser soldado en esa primera línea de fuego donde los cinco sentidos más uno, operan tratos ocultos en los mercados de estraperlo donde, más importantes son los fines que los medios.

Pon la oreja y escucha, que todos los errores que se van tanteando en mi contra sean hucha y celebración de la alquimia de tus aciertos.

Duerme tranquilo, que yo te velo.

Vive siempre como siempre, estando mucho más vivo, a medida que tu camino se llena de un día menos.

Yo que prefiero, quizá por costumbre o puede que por edad, contar un día más, agradeceré siempre, por siempre, la suerte de escuchar, a medida que pasa el tiempo, más coherente, la maravillosa sinfonía de las metas que van llegando de la mano de tu verdad.